Alameda de Hércules

 

Al norte del primitivo núcleo urbano de Sevilla, la Alameda de Hércules.

En época romana, por la Alameda de Hércules discurría un brazo del río Guadalquivir, que entraba por la actual calle Calatrava, seguía por la Alameda y la Plaza Nueva, y volvía a unirse a la corriente principal en el Arenal, en la zona que actualmente ocupa la plaza de toros de la Maestranza.

La propia dinámica del río y los procesos de desecación provocaron la desaparición del brazo fluvial, formándose una laguna que se denominó Laguna de la Feria o de la Cañavería.

Esta laguna fue desecada en el siglo XII, cuando tras la ampliación islámica de la muralla toda la zona se encontraba intramuros de la ciudad. Aunque el lugar se convirtió en un lodazal que se encharcaba con facilidad, criadero de mosquitos, fuente de paludismo, en el mismo se empezó a desarrollar una gran actividad comercial ligada a la compra de verduras y hortalizas de las huertas próximas, pescado procedente del río y cestos de mimbre elaborados con las plantas palustres del lugar.

El primer gran jardín público de la ciudad

En 1574, el asistente de Sevilla, Francisco Zapata y Cisneros, conde de Barajas, decide convertir el insalubre lodazal en un elegante paseo ajardinado escoltado por numerosos árboles. Para ello se drenó la zona mediante zanjas, se desecó y se colmató con tierra para realizar las plantaciones. Se sembraron álamos blancos, álamos negros, cipreses, naranjos y paraísos para formar un gran paseo con más de 1.7000 árboles.

A lo largo del paseo arbolado se instalaron bancos y tres fuentes con esculturas mitológicas (hoy desaparecidas), una de las cuales –realizada por Diego de Pesquera– estaba presidida por el dios Baco y otra –obra de Bautista Vázquez– por Neptuno y las Ninfas, probablemente fundidas en bronce por Bartolomé Morel. De la tercera, nada se sabe.

La instalación de las fuentes formó parte de una obra hidráulica de mayor envergadura: la construcción de una cañería y sus correspondientes arcas desde la Fuente del Arzobispo –cuyos manantiales se encontraban en una finca de Miraflores propiedad del Arzobispado– hasta alcanzar la Alameda. El agua que proporcionaban las fuentes de la Alameda era de mejor calidad que la de resto de la ciudad (que la recibía de Alcalá de Guadaira a través de los Caños de Carmona, que entraban en Sevilla por la puerta del mismo nombre).

En el ambiente renacentista que envuelve esa época, el nuevo y singular jardín surge con un espíritu humanista que pretende recuperar el pasado clásico. Y para ello se colocaron dos columnas de época romana procedentes de una construcción situada en la calle Mármoles (donde persisten tres columnas más) que fueron coronadas por dos esculturas realizadas por Diego de Pesquera en 1578: Hércules, mítico fundador de la ciudad, y Julio César, que la convirtió en capital de la Bética.

Los bloques extraídos de las canteras de Morón por Pedro Montañés fueron transformados en Hércules y Julio Cesar por Diego de Pesquera en 1574, que cobró 56.250 maravedís por la primera escultura y 60.000 maravedís por la talla de Julio Cesar. Terminadas las esculturas, Gaspar Juan (con la posible supervisión de Bartolomé Morel) elevó todo el conjunto sobre los pedestales: asentó las columnas, fijó los capiteles y dispuso las estatuas.

Tanto en las peanas de las esculturas como en los pedestales de las columnas se realizaron diferentes inscripciones –posiblemente escritas por Francisco Pacheco y el círculo poético de Fernando de Herrera– que, además de proporcionar datos históricos de la obra, muestran las ideas renacentistas que recorrían aquel siglo.

Las inscripciones latinas de las cuatro caras laterales de las peanas de las estatuas se presentan de la siguiente forma:

Bajo la estatua de Hércules: El senado y el pueblo de Sevilla (SENATVS POPVLVSQVE HISPALENSIS), al fundador de la ciudad de Híspalis (FVNDATORI HISPALIS VRBIS), al domeñador de monstruos (MONSTRORVM DOMITORI), a su valor y fortuna invencibles (INVICTAE VIRTVTI ET FORTVNAE).

Bajo la estatua de Julio César: El cabildo de los sevillanos (ORDO HISPALENSIVM), al instaurador de la colonia de Rómula (ROMVLENSI COLONIAE INSTAVRATORI), al salvaguarda del derecho y de la justicia (IVRIS AEQVIQVE CONSERVATORI), al muy victorioso general (IMPERATORI INVICTISSIMO).

Hércules

Julio César

Sólo hay una inscripción en la cara frontal de los pedestales en cada columna.

La de Hércules está escrita en castellano:

Es decir: Reinando en Castilla el católico y muy alto y poderoso rey don Felipe II, y siendo asistente en esta ciudad el ilustrísimo señor conde de Barajas, mayordomo de la reina nuestra señora, los ilustrísimos señores, Sevilla, mandaron hacer estas fuentes y alameda, y traer el agua de la fuente del Arzobispo por industria, acuerdo y parecer del dicho señor Asistente, siendo obrero mayor el magnífico señor Juan Díaz, jurado. Acabose en el año de 1574.

La de Julio César está redactada en latín:

Cuya traduccion es: A don Francisco Zapata, conde de Barajas, diligentísimo Asistente de esta ciudad, meritísimo mayordomo de la Casa Real, integérrimo cumplidor de la justicia, por haber saneado de la inmundicia de toda la ciudad esta que fue antes laguna cenagosa y descuidada, convirtiéndola en una amplísima plaza sembrada de una frondosa alameda y regada por fuentes perpetuas, con lo que devolvió a los ciudadanos un ambiente más saludable y un aire más fresco bajo el ardor de la canícula, por haber encauzado desde su originario manantial el arroyo de Aguas del Arzobispo, cortado por vejez y abandono, para desviar sus aguas a varias parroquias de la ciudad en alivio del pueblo sediento, por haber trasladado con un trabajo casi hercúleo las columnas de Hércules y haber engalanado la ciudad con puertas magníficamente construidas, gobernándola con suma benevolencia, el regimiento y pueblo de Sevilla, en testimonio de amor y gratitud, dispuso este público reconocimiento en el año 1578.

Fue el primer gran jardín público de la ciudad, anticipándose en su diseño –pues no era un simple paseo arbolado– a lo que ocurría siglos más tarde. La denominada Laguna de la Feria (por el nombre que recibía el barrio próximo) o Laguna de la Cañavería (por las cañas y plantas palustres que existían en las cercanías), pasó a denominarse Alameda (por los álamos que se habían plantado).

La construcción de la Alameda de Hércules supuso la primera ruptura de la trama musulmana de la ciudad, que mantendría su integridad prácticamente sin alterar hasta el siglo XIX. En clara contraposición al conjunto de patios y jardines privados, la Alameda se constituía en el primer jardín público de Sevilla. A diferencia de los espacios urbanos hispanomusulmanes, la Alameda se presenta como un jardín abierto en el corazón de la ciudad, un espacio alargado de diseño geométrico estructurado por alineaciones paralelas de árboles. Un jardín de estilo renacentista que, con sus columnas, evocaba los paseos de la roma clásica.

La Alameda se convirtió pronto en lugar de encuentro y esparcimiento para los sevillanos, en centro social de la vida de la ciudad, donde concurrían comerciantes y nobles. Una zona de paseo elegante para la buena sociedad, que sustituyó al Arenal en las preferencias de esparcimiento de los sevillanos del siglo XVI.

Durante esta época las reposiciones y plantaciones de árboles continuaron: 250 en 1595, 234 en 1661 y 136 en 1691.

Touvin en 1672 escribía: De todas estas plazas, la Alameda es la más considerable, que es un paseo de muy largas avenidas bordeadas con árboles... por las noches da gusto ver las carrozas y personas de calidad pasearse al fresco de estas hermosas fuentes, cuyas aguas son las mejores de beber en la ciudad. (El Viaje por España y Portugal).

Dado que la obra hidráulica realizada en el siglo XVI perdió funcionalidad y en la zona se acumulaban aguas residuales, en 1765 el asistente Ramón Larumbe tuvo que realizar una profunda reforma de la Alameda y cosntruir casi en su totalidad una nueva cañería desde la Fuente del Arzobispo que aportara el caudal suficiente para alimentar las fuentes de la Alameda y otras que se encontraban en el interior de la ciudad. Se realizaron nuevas plantaciones, con más de 1.000 árboles, se colocaron nuevos bancos y se instalaron tres nuevas fuentes (reconstruyéndose las tres anteriores que se encontraban prácticamente destruidas).

Ramón Larumbe mandó levantar en el extremo de la Alameda opuesto al que presentaba las columnas romanas, dos columnas coronadas por leones con los escudos de España y Sevilla, obra realizada por el escultor Cayetano de Acosta en 1764. Posteriormente, en los pedestales se realizaron dos inscripciones –hoy casi destruidas y prácticamente ilegibles– que dicen:

REINANDO EN ESPAÑA LA CATOLICA MAGESTAD DE D. CARLOS III, SIENDO ASISTENTE DE ESTA CIUDAD EL SEÑOR DON RAMON DE LARUMBE, DEL ORDEN DE SANTIAGO, DEL CONSEJO DE S.M. YNTENDENTE GENERAL DEL EXERCITO DE LOS CUATRO REINOS DE ANDALUCIA Y SUPERINTENDENTE GENERAL DE RENTAS SE ACABO LA OBRA DE LA CAÑERIA DE LA FUENTE DEL ARZOBISPO, EN XXVIII DE ENERO DE 1764, Y LA DISTRIBUCION DE SU AGUA CONSISTE EN EL PILAR DEL ARZOBISPO, LA DE LA PUERTA DE CORDOBA, SEIS PILAS DE ESTA ALAMEDA Y LA DE S. VICENTE, Y DE GRACIA AL CONVENTO DE CAPUCHINOS, HERMANDAD DE S. HERMENEGILDO, SAN BASILIO BELEN Y S. FRANCISCO DE PAULA, Y SE PONE ESTA LAPIDA EN VIRTUD DE ACUERDO DEL ILUSTRISIMO CABILDO DE ESTA CIUDAD, HABIENDO SIDO DIPUTADO DE ESTA OBRA EL SEÑOR VENTICUATRO D. JUAN ALONSO DE LUGO Y ARANDA.

REINANDO EN ESPAÑA EL CATOLICO MONARCA D. CARLOS III SIENDO ASISTENTE DE ESTA CIUDAD EL SR. D. RAMON DE LARUMBE DEL ORDEN DE SANTIAGO, DEL CONSEJO DE S.M. YNTENDENTE GENERAL DEL EXERCITO DE LOS CUATRO REYNOS DE ANDALUCIA Y SUPERINTENDENTE GENERAL DE RENTAS, SE CONSTRUYERON ESTAS DOS COLUMNAS QUE CORONAN LOS LEONES QUE SOSTIENEN LAS REALES ARMAS Y LAS DE SEVILLA; SE HICIERON LOS ASISTENTES ALCANTARILLAS Y TERRAPLENES, LEVANTARON LOS PRETILES DE LAS ZANJAS, SE PUSIOERON LOS PILONES PARA EL RIEGO, DESAGUE COMPLETO DE ARBOLES DE ESTA ALAMEDA, TODO POR DIRECCION DE LOS SEÑORES ASISTENTE SIENDO DIPUTADO EL SR. D. GREGORIO DE FUENTES Y VERALT VEINTICUATRO DEL ILMO. CABILDO, CUYA OBRA COSTEO DE LOS PRIPIOS Y ARBITRIOS Y SE ACABO EL AÑO DE 1765.

En el siglo XVIII la Alameda, con paseos escoltados por árboles y fuentes que proporcionan agua de gran calidad, era una zona elegante, muy concurrida por carrozas y personas que pasean a pie, en la que se celebran fiestas locales como la velada de San Juan y San Pedro.

La Alameda llega al siglo XIX como un concurrido paseo poblado por aguadores que ganan su sustento vendiendo agua a los concurrentes, caballeros provistos de capa, señoras con matilla y abanico, sin que falten los sacerdotes en sotana y los militares de uniforme.

Aunque el asistente Arjona realiza algunas obras de conervación y ajardinamiento, durante el primer tercio del XIX la Alameda sufre un profundo proceso de degradación.

En 1874 se intento captar mayor caudal del manantial Fuente del Arzobispo y al profundizar en el terreno se encontró una capa de arcilla que proporcionó mal sabor y olor al agua. La fuente fue abandonada; parte de la ciudad quedó privada de agua. La Alameda perdió las fuentes de agua que la ornamentaban.

Las clases acomodadas abandonaran la zona para concentrarse en el Salón Cristina construido en 1830; en la Alameda permaneció la población más humilde.

En 1838, Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, cuenta en Los Hércules la transformación que sufrió la Alameda:

Dentro de los muros de Sevilla, y en medio de uno de sus barrios, tres anchas, largas y paralelas calles de árboles gigantescos y antiguos, delante de los cuales corre por un lado y otro un asiento de piedra, forman el antiguo, magnífico y casi olvidado paseo que se llama la Alameda Vieja. Seis fuentes de mármol, pequeñas, pero de gracioso y sencillo gusto, brindan en ella con el agua más deliciosa de la ciudad, y le sirve de entrada un monumento de la antigua Hispalis y de la romana dominación. Fórmanlo dos gigantescas columnas antiquísimas, llamadas vulgarmente los Hércules…

Muy linda y elegante debía de estar cuando toda la nobleza sevillana concurría a ella, y sólo a ella, porque no había otro paseo ni punto de reunión, siendo, por tanto, el terreno de la belleza y del lujo y el teatro del trato ameno y de los conciertos amorosos. La Alameda entonces sería cual una especie de jardín de encantamiento con tanto brial de brocado, con tanto manto de tafetán de Florencia, con tanto encaje de Flandes, con tantas plumas y sombrerillos, con tantas ropillas de varios y risueños terciopelos o de espléndidos y brillantes rasos, con tantas calzas de diferentes colores, con tantas capas bordadas, tantos hábitos, tantas cadenas, tantas tocas y sombreros con cintillos, toquillas y penachos; tantos extranjeros, soldados, frailes, estudiantes; con tanta dama, tanta tapada, tanto valentón, tanto donaire, tanto ceceo, tanto amorío, tantos celos, tanto chasco y tanta trapería. ¡De cuánto lance y compromiso habrá sido escena!

…tómate la molestia, ¡oh lector benévolo!, de irte una mañanica, así como quien se va al cementerio a rezar por los difuntos, a hacerle una visita de mi parte. Y es seguro que se te partirá el corazón al verla tan desierta y abandonada. Pues sólo toparás con algún grupo de reclutas jugando al cané al pie y sombra de alguno de los álamos seculares, diez o veinte ciudadanos, cubiertos de andrajos, tendidos aquí y allí, ocupados en dormir a pierna suelta…un par de docenas de pilluelos ya espigadetes, que ejercitan la ligereza de los pies y la sutileza de las manos…Y por todas partes, pobres y pobres…Luego, visítala de noche; pero no te lo aconsejo, que pudieras muy bien o dar tal tropezón, que te condenara a andar con muletas todo el invierno, o volver a tu casa como tu madre te parió.

…han venido también a menos las veladas, tan populares en esta ciudad y tan antiguas en ella. Las que se celebraban allí las calurosas noches de San Juan y San Pedro eran, digámoslo así, el triunfo, el apogeo, el apoteosis periódico de la Alameda de los Hércules, cuyo espacio se convertía en un jardín mágico, fantástico, ideal. Luminarias, hogueras y la más clara luna lo alumbraban a un mismo tiempo; todos los habitantes de Sevilla concurrían a él, y el lujo, la alegría, la igualdad más perfecta, la tranquilidad más apacible y el orden más inalterable presidían en tan numerosa y hasta confusa reunión… ¡Oh, qué noches las de San Juan y San Pedro en la Alameda Vieja!... Pero pasó la moda… La lucida concurrencia y el interés dramático de la fiesta desaparecieron para siempre con los mantos y verdaderas mantillas, con las capas de seda y con el buen humor de aquellos tiempos… Murió la Alameda Vieja… Pues sí, en 1830 el jardín más antiguo de la ciudad se empezó a denominar Alameda Vieja, hasta que en 1845 adoptó su nombre actual: Alameda de Hércules.

Pues sí, en 1830 el jardín más antiguo de la ciudad se empezó a denominar Alameda Vieja, hasta que en 1845 adoptó su nombre actual: Alameda de Hércules.

En el último tercio del siglo XIX la Alameda recupera parte de su antigua vitalidad y esplendor: se instalan varios kioscos de agua que a finales del siglo expenden refrescos y bebidas alcohólicas.

Y a partir de 1871 se crean los primeros cafés cantantes, en los que por primera vez se baila y canta flamenco.

En 1876 las bases de las columnas fueron rodeadas por verjas metálicas.

En 1885 se instaló junto a las columnas de los leones una fuente de mármol (popularmente conocida como Pila del Pato) procedente de la Plaza de San Francisco. Posteriormente se trasladaría a la plaza de San Leandro, donde se encuentra en la actualidad.

La Alameda del siglo XX

Durante las tres primeras décadas del siglo XX, la Alameda vuelve a convertirse en una de las zonas más animadas y concurridas de la ciudad, con quioscos de bebidas provistos de marquesinas, toldos y amplios veladores coronados por cables con bombillas de colores, en muchos de los cuales había gramófonos que reproducían cante flamenco y canción española. La Alameda se constituye en la zona más popular y concurrida de la ciudad, en la que se proyectan al aire libre las primeras películas mudas, las murgas amenizan el ambiente y el flamenco adquiere protagonismo en los cafés-cantantes, donde se formaron artistas de la talla de Manolo Caracol.

Pero tras la guerra civil, en los años cuarenta y cincuenta, se produce una profunda degradación de la Alameda, tanto del espacio urbano como del ambiente popular que la envolvía.

Los café-cantantes que aparecieron en el último tercio del siglo anterior, desaparecen en los años veinte del siglo XX, excepto las Siete Puertas y Casa Morillo que mantuvieron su actividad hasta los años sesenta. En esta época el cante jondo es marginado y queda recluido en los cuartos y reservados de los bares en los que los señoritos organizaban fiestas privadas hasta el amanecer.

El ambiente en la Alameda se torna marginal; la prostitución se extiende por sus calles. Es un ambiente singular en el que coexisten los reservados en los bares, que son escuelas de flamenco para los nuevos cantaores, con las casas de prostitución.

Bares de alterne, viejas casas con prostitutas de avanzada edad y nuevos locales con mujeres jóvenes que ejercen la prostitución, se extienden por sus calles hasta finales del siglo XX. Proxenetas, gente corriente, jóvenes de movimientos alternativos, artistas, cantaores, músicos de rock, niños jugando en el albero, vecinos hartos de un ambiente así, vecinos que no cambian su barrio por na… Asfixiada por el tráfico urbano y por los vehículos aparcados en todos sus rincones. Pero la Alameda sigue llena de vida, de gente normal y de gente marginal.

Como había ocurrido numerosas veces a lo largo de su historia, la Alameda quedó anegada en 1961 cuando se produce la última gran inundación en Sevilla como consecuencia del desbordamiento del Tamarguillo.

En 1978, en la Alameda comenzaron a realizarse las obras del metro previsto para la ciudad. Aquellas obras quedaron sepultadas al paralizarse en 1983 el proyecto presentado en los años setenta.

Durante el periodo 1978-2002, la Alameda acogió un mercadillo ambulante que animaba las mañanas de domingo. Aquellas mañanas festivas, cientos de personas recorrían el bulevar para comprar o contemplar objetos y cuadros antiguos, y en los últimos tiempos, programas de informática que los más jóvenes necesitaban para introducirse en el nuevo mundo virtual.

A final de siglo, la Alameda se presenta como un gran paseo central de albero que, con parterres laterales a lo largo del mismo, aparece escoltado por grandes árboles en las zonas periféricas. Los dos estanques construidos en sus extremos durante la reforma realizada en los años treinta desaparecieron.

La nueva Alameda

A finales del siglo XX todos los ciudadanos relacionados con la Alameda exigen una reurbanización de la misma que restaure edificios, espacios, y le proporcione una mayor habitabilidad.

Pero no hubo acuerdo entre los colectivos ciudadanos ni entre los representantes políticos.

Graves errores de planificación y de ejecución se han sucedido en los últimos tiempos. Así, la remodelación ejecutada en 2002 que supuso la pavimentación con losas de pizarra –a pesar de que ya se había demostrado que este material no es adecuado para el pavimento de las calles– supuso el nuevo levantamiento de todo el enlosado.

En 2004 se recogen sugerencias de todos los colectivos implicados para elaborar un proyecto global de lo que tendría que ser la Alameda del siglo XXI. Pero surgen serias discrepancias: para unos el albero tiene que conservarse por ser el material tradicional del paseo mientras que para otros debe de ser sustituido; unos pretenden retomar el proyecto de los años noventa de crear un aparcamiento subterráneo frente a los que lo consideran una visión anticuada de lo que tiene que ser el nuevo urbanismo… Incluso la creación de un área de juegos infantiles ha resultado problemática, inadecuada para unos, imprescindible para otros.

La última remodelación comenzó en 2005 y terminó a finales de 2008. Y desde entonces, no pocos plantean ¡una nueva reestructuración!

¿Cómo es la nueva Alameda?

La remodelación urbanística realizada ha eliminado los aparcamientos de automóviles que congestionaban todo el espacio, ha restringido la circulación de vehículos a un único carril y, en consecuencia, ha incrementado el espacio peatonal. Es decir, se ha logrado la peatonalización de gran parte del espacio.

El suelo de albero ha sido sustituido por un tipo de ladrillo de color amarillo para mantener una cierta conexión visual con el albero tradicional. Además, entre las piezas del suelo se dejan pequeños espacios para que crezca la hierba con la finalidad de crear un agradable prado verde entre las piezas del enlosado.

Sin embargo, el resultado ha sido uno muy diferente al previsto: el material utilizado, por la suciedad que incorpora, ha generado una superficie de color terrizo, manchada, que hace que todo el espacio presente un aspecto sucio. Y, excepto junto a las fuentes, la hierba no se desarrolla, hecho previsible en una zona peatonal muy transitada con una climatología como la de Sevilla

Se han instalado tres fuentes, dos en los extremos de la Alameda y otra en la zona central. En el urbanismo de la ciudad, estas fuentes son singulares pues no incorporan ningún tipo de taza sino un sistema que propulsa desde el suelo una treintena de chorros de agua, cuya altura varía periódicamente, y que vierte directamente en el enlosado. El suelo de las fuentes, de forma irregular, está formado por piezas cerámicas de color blanco y azul. Las fuentes, sobre las que se puede andar, permiten un contacto con el agua muy agradable. Son los elementos más atractivos en el nuevo diseño de la Alameda, rompiendo con su colorido la uniformidad de una apagada la solería amarilla.

En un diseño que pretende ser parcialmente vanguardista, ¿cómo son las nuevas farolas instaladas? Pues… simples, similares a las instaladas en muchas carreteras. La nueva concepción del espacio merecía un mayor esfuerzo en el diseño de las mismas.

Por otra parte, los bolardos instalados, que impiden que los automóviles invadan el espacio peatonal, por su masa y densidad, no contribuyen a hacer que el espacio sea visualmente más atractivo.

A nivel de las columnas históricas se han realizado suaves vaguadas que permiten ver la base de las mismas (antes ocultas) y se han eliminado las verjas que las protegían para potenciar su proximidad y permitir que puedan ser tocadas.

Por lo que se refiere a la vegetación, tanto en el extremo norte como en el extremo sur de la Alameda aparece un gran grupo de plátanos de sombra, acompañados por algunas jacarandas periféricas. En el paseo central hay varias alineaciones de álamos blancos, con algunos fresnos, y en la zona periférica crecen almeces, con algunos olmos cerca de la Casa de las Sirenas y algunas acacias de tres espinas, robinias y una sófora en el lado contrario.

En 2009 se reubicaron, sobre nuevos pedestales, el busto dedicado en 1968 a la cantaora Pastora Pavón “Niña de los Peines” (esculpido por Antonio Illanes Rodríguez) y la escultura erigida en 1991 al cantaor Manolo Caracol (obra de Sebastián Santos Calero). Junto a ellos, ese mismo año, se levanta el monumento al torero Manuel Jiménez Moreno Chicuelo (obra de Alberto Germán). Aunque los tres artistas son de Sevilla, cada uno de ellos y cada escultura tiene una historia muy diferente.

Frente al conjunto escultórico se encuentra una zona de juegos infantiles que, necesaria para los vecinos de la zona, aparece descontextualizada pues no estaba prevista en el diseño original. Más allá se encuentra otra zona dedicada a los más pequeños y en el extremo sur de la Alameda, aparece un reloj sobre una columna oblicua.

Bajo la Alameda existe un gigantesco tanque de las tormentas que, con un diámetro de unos 24 metros y 25 metros de profundidad, es capaz de almacenar más de 11.000 m³ de agua. Ejecutado en 2009 por EMASESA a partir de la construcción subterránea de metro realizada en los años setenta del siglo anterior, el pozo de las tormentas tiene como finalidad almacenar los excedentes de agua que se producen durante las precipitaciones torrenciales o durante las riadas; el sistema permite la salida del agua a la red de saneamiento cuando ésta puede evacuarla y transportarla a una estación depuradora para ser reciclada. En diciembre 2009 el pozo prácticamente se llenó.

En superficie, entre las construcciones que escoltan la Alameda, destaca la Casa de las Sirenas, una mansión del siglo XIX de estilo francés. Su nombre original –Recreo de la Alameda– ha sido sustituido por el popular de Las Sirenas, en clara alusióna a las figuras mitológicas que adornan la entrada principal. La mansión fue construida en el periodo 1861-1864 por el arquitecto Joaquín Fernández Ayarragaray para el marqués de Esquivel, Lázaro Fernández de Angulo. Tras pasar por varios propietarios, en 1980 fue abandonada; la casa fue degradándose y parte de la misma se desplomó. En estado de ruina fue adquirida en 1992 por el Ayuntamiento de Sevilla que, tras restaurarla en los años noventa, la convierte en centro cívico del distrito “Casco Antiguo”, donde se organizan cursos, conferencias, representaciones, talleres, exposiciones y otras actividades culturales. La casa, con patio central, posee tres plantas –la tercera abuhardillada, con una acogedora zona de estudio– y un pequeño jardín donde crecen naranjos, palmeras de la suerte, celestinas, washingtonias, hiedras, jazmines y arrayanes.

Y junto a la Alameda, en una casa ya desaparecida de la calle Conde de Barajas, nació en 1836 Gustavo Adolfo Bécquer. Quizás su poesía limpia y clara haya envuelto a este espacio en un halo singular.

Tras este recorrido por la nueva Alameda… ¿El resultado?

Pues la alameda como tal, es decir, como un paseo central que discurre entre árboles, ha desaparecido.

El jardín público más antiguo de la ciudad fue proyectado como un paseo renacentista, como un espacio geométrico, regular, en el que las alineaciones de los árboles creaban un espacio central alargado que permitía el paseo y la estancia a lo largo de toda la zona.

En la nueva Alameda, la disposición de los árboles y las farolas han distorsionado de tal manera todo el espacio que el paseo central diáfano, sencillamente, no existe. El diseño original de la Alameda se ha perdido.

La nueva Alameda ni es vanguardista ni es clásica; ni siquiera es una alameda. Se ha transformado en una superficie ondulada, de monótona tonalidad amarillenta, en la que sólo destacan las fuentes y, lógicamente, las históricas columnas.

Pero la Alameda, como a lo largo de la mayor parte de su historia, sigue alegre y bulliciosa, llena de gente de uno y otro tipo. Se han abierto bares y restaurantes de diseño, conviven la cocina tradicional y la nueva cocina, las tapas tradicionales en unos locales y las innovadoras en otros. Transitada de día y refugio en las noches de verano. Conciertos de flamenco y de música rock, espectáculos de títeres y exposiciones de fotografía, representaciones de todo tipo al aire libre… Sigue siendo una de las zonas más atractivas de la ciudad porque no hay otra plaza en Sevilla que pueda acoger a tanta gente, paseando o en veladores, a familias y parejas, a niños y viejos, a jóvenes y menos jóvenes.

Desde el siglo XVI… cosmopolita y diversa.