JARDINES DEL MONASTERIO DE LA CARTUJA DE SANTA MARÍA DE LAS CUEVAS

 

Un poco de historia

Durante siglos, el Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas constituía un conjunto que, estrechamente vinculado con la ciudad de Sevilla, poseía una extraordinaria riqueza artística y económica. En el siglo XIX, tras la exclaustración de los monjes, el monasterio se convirtió en recinto industrial. A finales del siglo XX el conjunto se encontraba en estado de ruina y abandono, hasta que fue restaurado con motivo de la celebración de la Exposición Universal de 1992.

 

Llegan los monjes de la Orden de San Bruno

En los terrenos que ocupa el Monasterio de la Cartuja se han labrado cuevas para obtener la arcilla que utilizaban los alfares de Triana desde, al menos, época islámica. Cuenta la tradición, que en una de estas cuevas, en torno a 1.248, se encontró la imagen de una virgen que –posiblemente escondida durante el periodo musulmán– recibió el nombre de Virgen de las Cuevas.

Por este motivo, a finales del siglo XIV, los franciscanos levantan una ermita en el lugar.

En 1400, el arzobispo de Sevilla Gonzalo de Mena funda en esta zona el Monasterio de la Cartuja y lo dota de extensas propiedades. Los franciscanos se trasladan al Aljarafe.

Llegan los monjes de la Orden de San Bruno, los cartujos que practicaban las enseñanzas del escolástico de Reims, que había fundado la primera cartuja en 1084 para encontrar a Dios en el silencio monacal.

La muerte de Gonzalo de Mena en 1401 sitúa a la Cartuja en una difícil situación pues Fernando de Antequera se apropia de los fondos que el arzobispo había legado al monasterio para, con ellos, financiar sus campañas militares. Es entonces –primeros años del siglo XV– cuando el Adelantado Mayor de la Frontera, Per Afán de Ribera, asume el patronazgo del monasterio a cambio de obtener derecho a entierro en el mismo, y con la condición de que sean sus armas –y no las del arzobispo– las que presidan el monasterio.

A lo largo de más de cuatro siglos, la Cartuja –con la ayuda de la Casa de Ribera, con las numerosas donaciones de los nobles de la ciudad y mediante las exenciones fiscales y privilegios reales de los que disfrutaba– se convierte en un centro de gran riqueza y extraordinario patrimonio cultural.

La Cartuja poseía extensas fincas con trigales, viñas, olivares, dehesas y pinares, una excelente ganadería, molinos de pan y aceite, e importantes propiedades rústicas –casas, almacenes, bodegas– en Sevilla.

En el interior del convento había magníficas huertas con limoneros, naranjos, granados, ciruelos, almendros, cidros, perales, vides, hortalizas autóctonas y hortalizas de procedencia americana. Existían cultivos de hierbas aromáticas con las que se elaboraban bálsamos medicinales y con las que se condimentaba la excelente comida cartujana. También poseía un gallinero y una galapaguera en la que, en una de las albercas del convento, se criaban galápagos para preparar sopa de tortuga. Además la Cartuja disfrutaba del privilegio de poner corral durante el día para atajar la pesca, lo que le permitía obtener el mejor y más fresco pescado. Se realizaba la cría del caballo cartujano, conservando la pureza de la raza.

A lo largo de los siglos, patrimonio cultural del monasterio se enriqueció con obras de Martínez Montañés, Zurbarán, Durero, Alonso Cano, Murillo, Alonso Vázquez, Alejo Fernández y otros artistas. Entre las obras que se conservan se encuentran el Cristo de la Clemencia tallado por Martínez Montañés en 1606 (actualmente en la catedral de Sevilla), la escultura de San Bruno realizada por Montañés en 1634 (en el Museo de Bellas Artes de la ciudad) y San Hugo en el refectorio pintado por Zurbarán en 1.655 (que también se encuentra en el mismo museo).

 

San Hugo en el refectorio, Zurbarán 1.655.

San Bruno, Martínez Montañés 1.634.

 

 

La Santa Cena, Alonso Vázquez 1588

 

El recinto cartujano, autosuficiente en cuanto a sus necesidades alimenticias, estaba rodeado por un muro que le permitía resistir las periódicas crecidas del Guadalquivir. Mediante dos puertas situadas en extremos contrapuestos, el monasterio comunicaba tanto con el río como con los campos próximos.

Si a sus agradables huertos y jardines, y a su excelente bodega y gastronomía, añadimos la gran hospitalidad de los cartujos, no es de extrañar que hasta el monasterio llegaran numerosos viajeros (como el embajador veneciano Andrea Navaggiero), humanistas (como Arias Montano) y reyes (Carlos V, Felipe II, Felipe IV y Carlos IV, entre otros).

El Monasterio de la Virgen de las Cuevas fue residencia habitual de Cristóbal Colón, que estableció estrechos lazos intelectuales y humanos con fray Gaspar Gorricio, al que nombra albacea testamentario y consejero espiritual de sus hijos. Toda la familia y descendencia del Primer Almirante mantuvo intensa relación con el convento. De hecho, los restos del Gran Descubridor –que falleció en Valladolid en 1506– se depositaron en la Cartuja en 1509, hasta que en 1536 se trasladan a la catedral de Santo Domingo. En 1795, al ceder España parte de esta isla a Francia, los restos de Colón viajan a la Habana, y en 1899 llegan, definitivamente, a la catedral de Sevilla (aunque es posible que parte de los mismos quedaran en Santo Domingo, República Dominicana).

La Cartuja tiene un profundo, añejo y noble sabor americano.

La vida cotidiana de los cartujos –reflejada por los pinceles de Zurbarán– estaba marcada por la oración, el ayuno y el silencio. La carne estaba proscrita en la Orden, de modo que existían dos cocinas, la de los monjes y la denominada de la carne o del infierno, en la que se preparaba carne para huéspedes y sirvientes.

La Cartuja remedió muchas hambrunas en Sevilla pues se daba de comer a los pobres en los refectorios y en las puertas del convento. Repartía dinero a los más necesitados y ayudaba al mantenimiento de los hospitales.

Pero en el siglo XIX, el complejo y rico sistema cartujano experimentará un dramático proceso de destrucción ante los nuevos acontecimientos históricos que envuelven al país.

 

La exclaustración y la transformación mercantil

En 1810 –Guerra de la Independencia– llegan los franceses a Sevilla e instalan su cuartel militar en el cenobio. Tras expoliar el patrimonio cultural, transformar las dependencias históricas en graneros o bodegas, y destrozar gran parte del conjunto arquitectónico, el ejército francés se retira en 1812. Los cartujos -que se habían refugiado en Portugal- retornan a un recinto que ha perdido la mayor parte de su patrimonio.

Pero lo peor estaba por llegar: los cartujos, que habían superado situaciones tan difíciles como las periódicas inundaciones provocadas por el Guadalquivir o los graves daños provocados por el ejército napoleónico al convertir el monasterio en cuartel estratégico, se verán obligados a abandonar definitivamente el recinto en 1835.

Aquel año, el ministro liberal de Hacienda, Álvarez de Mendizábal, en un intento de sanear la maltrecha economía del país, decretó la extinción de las órdenes religiosas. Lo que unas décadas antes había sido una situación transitoria, con el Decreto de extinción de las órdenes religiosas de 11 de octubre de 1835, se convierte en exclaustración definitiva. Los cartujos son expulsados del monasterio.

Poco tiempo después, Charles Pickman –hijo de un comerciante de cerámica de Liverpool instalado en Sevilla para importar la producción familiar– decide instalar una fábrica de porcelana y loza en nuestra ciudad, alquilando para ello, en 1838, y comprándolo dos años más tarde, el Monasterio de la Cartuja, que se encontraba en ruinas. A la vez adquiría varias minas en Riotinto y en otras zonas de la Península  para conseguir los productos minerales que precisaba.

Se construyen diez grandes hornos de botella (cinco de los cuales se conservan) y chimeneas, se importa maquinaria del Reino Unido y, a la manera inglesa, se crea una loza de calidad y prestigio que se convierte en preferida de las clases acomodadas. A principios del siglo XIX, absorbiendo gran cantidad de mano de obra, las humeantes chimeneas de la Cartuja se constituyen en símbolo del progreso industrial de la ciudad.

Pero el complejo cartujano sufrirá una profunda degradación. Al principio de la transformación fabril, en 1840, se desmontan los sepulcros de la familia Ribera y se trasladan al Panteón de Sevillanos Ilustres en la iglesia de la Anunciación. Pickman levanta su vivienda modificando varias estancias del monasterio y, ante la creciente producción industrial, todo el recinto cartujano se remodela para almacenar dicha producción.

En la década de los 70 del siglo XX, la fábrica de cerámica se traslada a unas instalaciones más modernas.

El recinto queda completamente desalojado en 1982. En un estado de conservación deplorable.

 

Expo 92, la restauración del monasterio, de sus huertas y jardines

En el marco del programa de actuaciones de la celebración de la Exposición Universal de Sevilla, en 1986 se inicia la restauración del monasterio, que se encontraba en una situación de olvido y ruina.

Las actuaciones realizadas permitieron recuperar uno de los monasterios más importantes de la ciudad que, incomprensiblemente, se encontraba abandonado a su propia suerte.

El monasterio se convirtió en Pabellón Real durante la Exposición de 1992, donde se recibían a jefes de Estado y de Gobierno. Además, se convirtió en recinto expositivo de distintas manifestaciones artísticas.

Durante la restauración se recuperaron los sepulcros en mármol de Carrara de la familia Ribera que, tras un complejo traslado desde la iglesia de la Anunciación, se reubicaran de nuevo en el monasterio.

Por lo que se refiere a jardines y huertas, durante la restauración se eliminaron los árboles en mal estado, se recuperaron los ejemplares más significativos -como el ombú- y se procedió a la poda y limpieza del resto de ejemplares que presentaban un deplorable estado fitosanitario. Con la finalidad de recuperar el carácter tradicional de la huerta, se habilitó un sistema de norias, albercas, canales y acequias para el riego, con cultivos tradicionales y parterres con plantas aromáticas similares a las que utilizaban los monjes. En la zona externa del recinto se creó un conjunto de parterres –del que desafortunadamente nada queda– en el que crecían plantas de procedencia americana.

La Exposición Universal rescató más de seis siglos de nuestra propia historia.

En 1994 el Monasterio de la Cartuja fue declarado Bien de Interés Cultural.

 

Siglo XXI, un jardín de esculturas

A principios de este siglo se decide recuperar parte del legado de la Exposición de 1992 para crear un jardín de esculturas en la pradera que antecede a la fachada principal del monasterio (en la avenida Américo Vespucio). En 2005 y 2006 se restauran una serie de obras expuestas durante la Exposición Universal y se instalan en esta zona.

Entre ellas se encuentran aquellas esculturas de los países de la Unión Europea que quedaron en la ciudad, y otras como las de Kuwait y Estados Unidos:

- Le maison-bateau, casa en madera sobre pedestal a modo de quilla de Luk Van Soon por Bélgica.

- Mil veces dócil, malla formada por chapas de metal de Antoni Abad por España.

- Una casa para el aire, estructura metálica abierta al exterior de Brigitte Schnwake por Alemania.

- Estructura astronómica, obra en hierro y cemento de Maurice MacDonagh por Irlanda.

- Jaula sin título de Rui Chafes por Portugal.

- Bloque pétreo sin título de Bertrand Ney por Luxemburgo.

- Columna clásica en mármol, sin título, Nuncio por Italia.

- Under the mon de Barbara Weil por Estados Unidos.

- Gracias al mundo de Jafar Gslah, obra en mármol ornamentada con palomas y banderas de distintos países, con una inscripción de agradecimiento a los países que contribuyeron a la liberación de Kuwait, regalada por este país a la ciudad de Sevilla.

 

Paseo por los jardines

La imagen que actualmente presenta el conjunto cartujano refleja su larga historia: un núcleo monacal acompañado por chimeneas y hornos industriales de la época fabril. Sus huertas y jardines, con árboles singulares y elementos tradicionales, tienen gran interés histórico y biológico.

Al acceder a la Cartuja de Santa María de las Cuevas por la calle Américo Vespuccio, encontramos, en la amplia zona que precede al monasterio, el Jardín de las Esculturas. Junto a las obras procedentes de la Exposición del 92, hay palmeras datileras, palmeras canarias, olivos, cipreses, pinos piñoneros y falsos pimenteros.

Desde el jardín se entra en el monasterio por su puerta principal, la Puerta de Tierra. Tras flanquearla aparece, a la derecha, la Capilla de Afuera. En esta zona los cartujos atendían a las personas necesitadas que llegaban al monasterio.

Frente a la entrada se encuentra el Patio del Ave María, en el que crecen buganvillas (Bougainvillea spectabilis) y una doble alineación de olmos siberianos (Ulmus pumila).

El patio comunica con una zona ajardinada de la época fabril (Jardines de Pickman o Jardines de Cristóbal Colón). Aquí se erige un monumento a Cristóbal Colón levantado en 1887 por la marquesa viuda de Pickman y, junto a él, se eleva el ombú (Phytolacca dioica) más famoso de nuestra ciudad, el que según cuenta la tradición fue plantado por el humanista y bibliófilo Hernando Colón, hijo del Gran Descubridor. Sin embargo, parece que hubo un zapote anterior a éste –hoy desaparecido– plantado por el propio Hernando Colón en el jardín de acondicionamiento que poseía cerca de la Puerta de Goles.

En este paseo de la era Pickman hay robinias, almeces, melias, jaboneros, jacarandas, cipreses, lantanas, palmeras datileras y setos de mirto y bonetero.

En los parterres rectangulares de la zona podemos ver algunas plantas aromáticas: romero, lavanda y abrótano hembra, entre otras.

Los muros están colonizados por buganvillas, bignonias, parras vírgenes, hiedras y jazmines comunes y jazmines reales (Jasminum grandiflorum).

Más allá se extiende un olivar que evoca los cultivos tradicionales.

En conexión con el Patio del Ave María, pero en dirección contraria a los Jardines de Pickman,  hay un tranquilo patio –el Jardín del Prior o Patio del Padre Nuestro– organizado en cuatro cuadrantes. Aquí crece un magnolio acompañados por buganvillas que trepan  por las paredes.

Desde el patio se accede a la huerta, tradicionalmente denominada Huerta Grande. El paisaje que la envuelve es singular pues en el horizonte aparecen estructuras monacales, hornos industriales y modernos edificios de la Exposición del 92.

Junto a las acequias y albercas, en la huerta se elevan dos pabellones de recreo de la era Pickman –capilla de Santa Ana y capilla de las Santas Justa y Rufina– que fueron proyectadas por Juan Lizasoain posiblemente a partir de dos capillas levantadas en el siglo XVI.

La huerta está poblada por una gran cantidad de cítricos y frutales: naranjos dulces (Citrus sinensis), naranjos amargos (Citrus aurantium var. amara), limoneros (Citrus limon), pomelos (Citrus x paradisi), almendros (Prunus dulcis), melocotoneros (Prunus persica), ciruelos (Prunus domestica), manzanos (Malus domestica), perales (Pyrus communis), membrilleros (Cydonia oblonga), nísperos (Eriobotrya japonica), granados (Punica granatum), vides (Vitis vinifera) y alguna higuera (Ficus carica).

Además, hay casuarinas, almeces, cipreses, moreras, plátanos de sombra, acacias de tres espinas, melias, laureles, palmeras datileras, árboles del amor y un caqui. Junto al templete más próximo al monasterio, existe una pequeña y agradable zona ajardinada en la que podemos ver lantanas, rosales, alguna yuca, un magnolio y una de las mayores laureolas (Cocculus laurifolius) de Sevilla.

 

Paseo por el monasterio

Desde el Patio del Ave María se accede al atrio que antecede a la iglesia y sus capillas que en la actualidad son zonas desacralizadas en las que se realizan exposiciones de arte contemporáneo y eventos culturales.

La iglesia, del siglo XVI, en estilo gótico, presenta una portada con arcos ojivales y rosetón escoltado por cerámica, con bóveda de crucería en su interior y un reloj de fray Manuel Navarro, instalado en 1817. Durante la época industrial se convirtió en almacén se cerámica.

Todo el monasterio se ha convertido en sala de exposiciones de arte contemporáneo. Excepto el claustrillo mudéjar y la Sala Capitular, donde se encuentran los sepulcros de la familia Ribera, protectores del Monasterio y a la que se accede desde el claustrillo.

Los sepulcros de la Sala Capitular los encargó Fadrique Enriquez de Ribera en 1520 para albergar los restos de sus padres y antepasados. Fueron realizados por los escultores italianos Aprile de Carona y Pace Gazini, en Génova, en mármol de Carrara. Llegaron al monasterio en 1525, acompañados por Carona y Gazini para que dirigieran su colocación.

En 1840 los sepulcros fueron trasladados al Panteón de Sevillanos Ilustres en la iglesia de la Anunciación y la noble sala quedó convertida en almacén y carpintería. La restauración del conjunto cartujo con motivo de la Exposición Universal permitió que los sepulcros retornaran al monasterio.

En la Sala Capitular se encuentran, junto a las paredes, los bellísimos sepulcros de Pedro Enríquez y su esposa Catalina de Ribera, y los Per Afán de Ribera El viejo y Per Afán de Ribera El joven, cada uno junto a sus dos esposas.

Del Claustro Grande, en torno al cual se disponían las celdas de los monjes, prácticamente no queda nada de su estructura original.

Al lado se encuentra el denominado Memorial del Agua, estanque con fragmentos de columnas y capiteles sumergidos en el agua que evocan la compleja relación del monasterio cartujo con el río Guadalquivir.

 

CAAC, IAPH y UNIA

Actualmente en el recinto del Monasterio de la Cartuja se encuentran las sedes del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico y del Rectorado de la Universidad Internacional de Andalucía.

El Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), dotado de laboratorios y biblioteca, desarrolla su actividad en todos los campos que afectan al patrimonio cultural, desde la investigación en la naturaleza de los materiales que forman una obra artística hasta los de su restauración.

El Rectorado de Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), que se instaló en el recinto cartujano en 1997, gestiona la oferta educativa de la UNIA: máster, programas de doctorado  y cursos de experto para posgraduados.

El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (C.A.A.C.), creado en 1990, se ubicó en el recinto cartujano en 1997. Dotado con una biblioteca que presenta una amplia colección de obras dedicadas a la creación artística, el CAAC organiza exposiciones, talleres y un amplio programa de actividades relacionadas con el arte contemporáneo.

Cuenta con una colección de más de 350 obras de artistas actuales, como Luis Gordillo, pero las salas visitables están dedicadas a exposiciones temporales y a obras donadas, como las de Jordi Teixidor. Además, en todo el recinto cartujano el CAAC muestra el trabajo de diferentes autores, como Alicia de Cristina Lucas, obra realizada para un patio de Córdoba que, basada en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carrol, presenta una figura gigantesca de mujer atrapada en una casa, metáfora de la discriminación que ha sufrido tradicionalmente la mujer al quedar recluida en el ámbito domestico.

 

Luis Gordillo. En forma de fábula, 1988.

Acrílico sobre lienzo. 155 x 250 cm.

 

Jordi Teixidor. Siete maneras de mirar una mañana de domingo, 1991.

Óleo sobre lienzo. Siete piezas de 50 x 50 cm.

 

Cristina Lucas. Alicia, 2009.

Poliespán y fibra de vidrio policromada. 180 x 120 x 85 cm (cara) y 367 x 120 x 180 cm (brazo).