Jardines de Chapina

 

Los Jardines de Chapina son resultado de la profunda remodelación urbanística que experimenta Sevilla con motivo de la Exposición Universal de 1992.

Pero su historia empieza mucho antes.

A principios de los años cincuenta del pasado siglo, para proteger la ciudad de las inundaciones se ejecuta la Corta de la Cartuja y se construye el Canal de Alfonso XIII: el río es desviado por la zona oeste de la ciudad y el cauce histórico queda convertido en dársena que está cerrada en el extremo norte, en Chapina.

En 1969, en Chapina, en el tramo final de la dársena, se crean jardines de tipo paisajista, en una zona que de forma natural recorría el Guadalquivir antes de ser desviado de la ciudad. Pocos años antes se había construido un centro deportivo en esa zona y se había urbanizado el Paseo de la O.

Se creó un jardín funcional, de carácter paisajista, protagonizado por una amplia pradera. Este diseño, en aquel momento, constituía toda una novedad en los jardines de la ciudad.

Veinte años más tarde, con motivo de la Exposición del 92, Sevilla va a recuperar el cauce histórico del río: se levanta el aterramiento que existía en Chapina y se prolonga la dársena hasta el comienzo de la Isla de la Cartuja (hasta San Jerónimo).

En 1992, la prolongación de la dársena atravesó Chapina: la zona ajardinada correspondiente al aterramiento desapareció con la recuperación del cauce histórico. Y también el centro deportivo que allí existía. Toda la zona –que había estado aislada de la ciudad por el muro de la calle Torneo y las vías de ferrocarril, que fueron eliminadas– es remodelada.

Los Jardines de Chapina redujeron su superficie pero conservaron su aire paisajista.

Actualmente los Jardines de Chapina, con una superficie de 13.700 m2, se extienden por la margen izquierda de la dársena del Guadalquivir, desde el Puente de Triana hasta el Puente del Cachorro.

Están estructurados en terrazas que, mediante escaleras y rampas, permiten descender a la zona más próxima a la lámina de agua que, en esta zona, se convierte en un jardín de carácter naturalista. Paseos peatonales, pavimentados o de tierra, y un carril bici recorren todo el jardín, en el que se han instalado bancos y una zona de juegos infantiles. Algunas sendas se han construido con piezas cuadradas de hormigón que se disponen dejando estrechos espacios entre sí para que crezca el césped.

En Chapina hay tipuanas, pinos de oro, fresnos de hoja estrecha y fresnos de hoja ancha, álamos blancos, jacarandas, falsos pimenteros, ciruelos de Japón, almeces, tarajes, cipreses, cipreses de los pantanos, naranjos, pacíficos, adelfas, geranios, capuchinas, tuyas, chumberas, yucas, purpurinas, lantanas, buganvillas y un gran laurel de Indias que crece casi en el agua junto al monumento a Bartolomé de las Casas.

 

Monumento a Bartolomé de las Casas

En estos jardines se encuentra el monumento a Fray Bartolomé de las Casas que, aunque fechado en 1984, no fue colocado e inaugurado hasta 1987, con motivo del quinto centenario de su nacimiento.

Obra del escultor y ceramista trianero Emilio García Ortiz, la escultura muestra, en bloque de piedra, al propio Bartolomé acompañado por soldados e indígenas, con la inscripción Fray Bartolomé de las Casas, Precursor universal de la Declaración de Derechos Humanos.

En el Nuevo Mundo, Bartolomé de las Casas –que nació en Sevilla, probablemente en 1484– se constituyó en decidido defensor de los derechos de los indígenas al constatar que muchos de ellos se encontraban en una situación equiparable a la esclavitud. Y para ello viajó varias veces a España. Pero ni el rey Fernando el Católico ni el cardenal Cisneros, cuando ocupaba la regencia de Castilla, atendieron sus peticiones. Nombrado Procurador y Protector Universal de todos los Indios, en 1540 retorna a España para entrevistarse con el emperador Carlos V que, tras la documentación presentada, decide promulgar el 20 de noviembre de 1542 las Leyes Nuevas, que prohibían la esclavitud de los indios y los situaban legalmente bajo la protección de la Corona, aunque la realidad social de las nuevas colonias discurriría por caminos propios.

Las Casas desempeñó un papel esencial como promotor de las reformas de las Leyes de Indias realizada por la Corona. Defendió una forma de organización social respetuosa con los indígenas y un sistema de producción que beneficiara a la comunidad y permitiera pagar los tributos correspondientes a la Corona por las técnicas agrícolas aportadas por los colonizadores y por su evangelización.

Sus libros –especialmente la Brevísima relación de la destrucción de las Indias y la Historia de las Indias– constituyen un legado imprescindible para conocer la historia de la colonización de América. Estas obras contribuyeron a desarrollar la leyenda negra de la colonización realizada por los españoles en el Nuevo Mundo, y también para criticar al propio fray Bartolomé, que en sus primeros años justificó el comercio de esclavos africanos (que rechazó en la última parte de su vida).

Tras renunciar al obispado de Chiapas, de las Casas regresó a España. Murió en Madrid, en 1566.

En aquel mundo del siglo XVI en el que la mayoría de la población carecía de garantías legales, la figura de Bartolomé de las Casas surge para defender los derechos de los más desprotegidos, anticipándose varios siglos a lo que sería la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Las cortas del Guadalquivir

Sevilla se asienta en pleno lecho de inundación del Guadalquivir, es decir, en una zona que las aguas ocupan de forma natural durante las crecidas del río.

Dada las características del clima mediterráneo, los caudales del Guadalquivir pueden elevarse desde un valor medio de 254 m3/s hasta 9.000 e incluso 12.000 m3/s. Dicho de otro modo, el comportamiento natural del Guadalquivir es desbordarse con cierta periodicidad.

La ciudad de Sevilla, además, ha estado cercada por los afluentes y arroyos que convergen en el Guadalquivir: el Rivera de Huelva que recibe las aguas de la sierra Norte, el Guadaira con las aguas procedentes de la sierra Sur y los arroyos de los Alcores, Tagarete y Tamarguillo. El Tagarete (también conocido como Miraflores) discurría desde la zona de Miraflores hasta la Calzada, circulaba bajo los Caños de Carmona, seguía extramuros de la antigua muralla, frente a la Fábrica de Tabacos, y desembocaba junto a la Torre del Oro.

Pues bien, tras el derribo de la muralla en la segunda mitad del siglo XIX la ciudad pudo extenderse por los espacios exteriores, pero en situación de clara indefensión frente a las avenidas. Pagará un elevado precio: más de 11 inundaciones en los últimos 30 años del siglo XIX.

Era imprescindible crear un sistema de protección de la ciudad frente a las crecidas del río.

Por otra parte, la actividad portuaria requería mantener la navegabilidad del Guadalquivir para exportar productos agrícolas (trigo, aceite), vinos y productos mineros (oligistos del Cerro del Hierro, piritas de Aznalcollar, plomo de Peñarroya) a otras zonas de la Península, a Inglaterra, a Francia y a otros países.

Todo ello desencadenó una profunda reestructuración de la red fluvial en el entorno urbano y una continua modificación del cauce del Guadalquivir.

Las cortas, es decir, la apertura de nuevos cauces en los extremos de los meandros, eliminando las curvas que describe el río, han acortado en más de 48 km el recorrido del Guadalquivir desde Sevilla al mar al hacer más rectilíneo su cauce.

A la primera corta –Corta de Merlina– realizada en el siglo XVIII, siguieron las Cortas de Borrero y de Hernando en el siglo XIX. Todas ellas aguas abajo de la ciudad, permitieron mantener la navegabilidad del río.

Durante los años 1909-1926 se realiza la Corta de Tablada, creando el Canal de Alfonso XIII (un canal de casi 6 km de longitud que permitió la construcción de los nuevos muelle).

En este periodo se levantan malecones, y se desvía el Tagarete hasta el Tamarguillo y éste hasta el Guadaira. El objetivo era liberar la ciudad de los arroyos de los Alcores, pero la solución era técnicamente incorrecta: en esos 25 años se producen 8 inundaciones en Sevilla.

Entre los años 1929-1950 se abre un nuevo cauce en la vega de Triana: Corta de la Vega de Triana. El río es expulsado de la ciudad pues el cauce histórico que discurre junto a la Torre del Oro es aterrado en Chapina transformándose en una dársena con una esclusa que regula el flujo de agua entre la misma y el río.

Pero siguen produciéndose inundaciones: en 1961 por el Tamarguillo, en 1962 por el Guadaira y en 1963 por el Guadalquivir.

Había que tomar nuevas medidas que fueran eficaces.

En los años 1961-1968 se deshace la unión de los arroyos de los Alcores: el Tagarete (que pasa a llamarse Tamarguillo) es desviado hacia el norte de la ciudad para desembocar en el Guadalquivir, y el Tamarguillo (que pasa a denominarse Ranilla) es canalizado hasta el Guadaira.

En estos años incluso se propone cegar todo el cauce histórico, pero tal desatino no cristalizó.

Se realizan varis cortas (Corta de la Punta del Verde en el 65, Corta de los Olivillos en el 71, Corta de la Isleta en el 72) y en 1977 se desvía el Guadaira para que desemboque aguas abajo, más lejos de la ciudad.

Entre los años 1975 y 1982 se realiza la Corta de la Cartuja, un canal de 5,5 km de longitud que rectifica el cauce del río en las proximidades de Sevilla.

En 1992 se deshace el aterramiento de Chapina y se prolonga la dársena para que recorra toda la isla de la Cartuja. Se había asegurado la navegabilidad del río y las defensas de la ciudad frente a las avenidas del Guadalquivir y sus afluentes.