Jardines de Rafael Montesinos

 

El Jardín de Rafael Montesinos, situado junto al Puente de Triana, es un pequeño espacio ajardinado que surge como un modesto ensanchamiento del Paseo Colón. En sus 600 m2, estructurados mediante un paseo longitudinal que enlaza tres glorietas circulares, crecen adelfas, budleyas de flor amarilla, naranjos, braquichitos, apestosos de flor morada, granados, celestinas, tuyas, palmeras canarias, una palmera datilera, sauzgatillos, washingtonias de tronco fino y casuarinas. Y el único ejemplar de Schinus aroeira que existe en la ciudad.

Sobre el albero de la glorieta central, rodeado de bancos de fundición, se eleva el monumento al cantaor de flamenco Antonio Mairena, obra realizada por el escultor Augusto Morilla en 1990.

En la base del pedestal aparece un yunque, un martillo y una llave. Yunque y martillo simbolizan el martinete –cante a palo seco, sin acompañamiento musical– que surgió en las fraguas de Jerez, Sevilla y Cádiz, cuando los herreros descansaban y dejaban de trabajar el hierro. Las llaves hacen referencia a la maestría de Mairena, que parecía poseer las llaves del cante jondo.

Originalmente llamado Jardín de Isabel II, en 1995 recibió el nombre del poeta sevillano Rafael Montesinos, Premio Nacional de ensayo e Hijo Predilecto de Andalucía. Montesinos escribe:

A una adolescente

Porque en tu sangre había

diecisiete caballos galopando,

en el dulce pecado de la carne

tú y yo nos encontramos,

que el amor vuelve un día de repente,

igual que vuelve el árbol

del estéril invierno a la más verde

mentira del verano.

Porque en tu sangre había

diecisiete caballos galopando,

al corazón quisiste

llegar y te quedaste entre mis manos.

Mi corazón es sitio solamente

de corazón. Me lo dejé olvidado

en una tierra roja de olivares

donde todo es más claro.

Déjalo sollozar. Sólo me sirve

para un amor lejano.

Pero medí tu cuerpo con mis besos,

tus besos con mis labios,

para las altas lunas de tus pechos

fui poeta romántico,

porque en tu sangre había diecisiete

caballos galopando.

Dos escalinatas en los extremos del jardín permiten bajar al antiguo Muelle de la Sal, transformado en un paseo adoquinado por el que discurre un carril bici –que aquí abandona su naturaleza asfaltada para convertirse en camino de madera– junto a un grupo de dragos, pacíficos, sauzgatillos, granados, palmeras datileras, buganvillas trepando por las paredes, una higuera enraizada en la zona superior del propio muro y, cerca del puente, un par de aromos blancos y un gran laurel de Indias.

 

Monumento a la tolerancia

Pero aquí, en el Muelle de la Sal, la vegetación no es el componente más significativo. Lo es el Monumento a la Tolerancia, financiado por la Fundación Sefarad e instalado en 1992 coincidiendo con la Exposición Universal de Sevilla y con el quinto aniversario del decreto promulgado por los Reyes Católicos para expulsar a los judíos de sus reinos.

En la inauguración del monumento, además de las autoridades municipales y autonómicas, participaron el presidente de Israel Hain Herzog y el Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel, superviviente y memoria viva de los horrores acontecidos en los campos de concentración. Las hermosas palabras del escritor judío Wiesel han quedado grabadas en piedra; su experiencia en los campos de Auschwitz y Buchenwald ha quedado inmortalizada en sus libros y clavada en su memoria.

El conjunto monumental incluye la escultura de Eduardo Chillida que, con los brazos abiertos, quiere acoger a todo el que se acerca y la contempla, rememorando una época en que judíos, musulmanes y cristianos convivían en nuestra ciudad, antes de que la Santa Inquisición –en las mazmorras del Castillo de San Jorge que se encontraba en la otra orilla del rio– sometiera a tormento a los acusados de herejía.

Deteneos, hombres y mujeres que pasáis, deteneos y escuchad.

Escuchad la voz de Sevilla, voz herida y melodiosa. La de su memoria,

que es también la vuestra, es judía y cristiana, musulmana y laica, joven

y antigua. La humanidad entera en sus sobresaltos de luz y sombras,

se recoge en esa voz para extraer del pasado fundamentos de esperanza.

Aquí como en otros sitios, se amaba y odiaba por razones oscuras y sin razón

alguna. Se hacían rogativas por el sol y por la lluvia. Se interpretaba

la vida dando muerte. Se creía ser fuerte por perseguir a los débiles. Se

afirmaba el honor de Dios, pero también la deshonra de los hombres.

Aquí, como en otros sitios, la tolerancia se impone. Y lo sabéis bien

vosotros, hombres y mujeres que escucháis esta voz de Sevilla. Sabéis

bien que, cara al destino que os es común, nada os separa. Puesto que

Dios es Dios, todos sois sus hijos. A sus ojos, todos los seres valen lo mismo.

La verdad que invocan no es valida si a todos no los convierte en soberanos.

Ciertamente toda vida termina en la noche, pero iluminarla es nuestra misión.

Por la tolerancia.

Muelle de la Sal

Durante siglos, la margen izquierda del Guadalquivir situada a los pies del Puente de Triana fue zona portuaria de la ciudad.

En 1863 se realiza una transformación radical de la zona portuaria comprendida entre el Puente de Isabel II (inaugurado en 1852), también conocido como Puente de Triana, y los jardines del Palacio de San Telmo: se instalaron varias grúas fijas y vías férreas sobre el nuevo adoquinado del muelle para transportar en tren las mercancías del puerto. Tras los derrumbes producidos en 1865, en 1896 se remodela y reconstruye todo el espacio portuario, adquiriendo un aspecto similar al actual, es decir, un muelle en cota baja que comunica mediante rampas con la zona urbana situada a un nivel más alto.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, el tráfico de carbón, madera y otro tipo de mercancías que se realizaba en el Muelle de la Sal es sustituido por el de pescado y sal.

Los barcos descargaban pescado para ser vendido en la Lonja del Barranco.

Levantado junto al Puente de Isabel II, el edificio de la Lonja o Nave del Barranco se construyó en 1883, a partir del proyecto realizado en 1861 por Gustave Eiffel, antes de que el ingeniero francés levantara la archiconocida torre de hierro a orillas del Sena en la capital parisina. El edificio expresaba los aires de modernidad de una arquitectura basada en el hierro y el vidrio, un edificio metálico con grandes cristaleras e interior diáfano para la recepción y venta de pescado.

Además, los barcos proporcionaban sal procedente de las salinas gaditanas para el consumo de la ciudad y para los propios barcos pesqueros que aquí se aprovisionaban de hielo (en la fábrica situada en el propio muelle, que lo suministraba picado para ser almacenado en las bodegas) y de sal para conservar el pescado capturado hasta que retornaran al puerto.

El aumento del tráfico de mercancías determinó que el puerto se ampliara hacia el sur, con la construcción del Muelle de Nueva York (1905) y, a partir de 1926, al realizarse la Corta de Tablada (Canal de Alfonso XIII), la construcción del Muelle de las Delicias y de las zonas portuarias en el Canal de Alfonso XIII. Ello provocó una progresiva disminución de la actividad portuaria en el Muelle de la Sal, que se acentuó con los cambios económicos y tecnológicos producidos en los años cincuenta. El Muelle de la Sal perdió su actividad portuaria, liberando un amplio espacio que la ciudad tendría que reutilizar.